jueves, 26 de septiembre de 2013

Acerca del montaje de LAS LEANDRAS, realizado con el Teatro Lírico Nacional de Cuba en julio de 2013 Por Eduardo Eimil



Acerca del montaje de LAS LEANDRAS,

realizado con el Teatro Lírico Nacional de Cuba en julio de 2013

Por Eduardo Eimil


Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el montaje de Las Leandras, realizado por mí con la Compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba, ha sido una de las obras más gratificantes en las que he trabajado desde que me gradué de Dirección Teatral en el Instituto Superior de Arte, en el año 2000. 

La complejidad del Género Lírico, su belleza, majestuosidad y grandeza siempre me han fascinado, así que poder trabajar con esta compañía en una obra como Las Leandras fue todo un privilegio. Y un reto, por supuesto, ya que la puesta en escena entrañaba varios desafíos.

Por una parte se trataba de hacer una versión de una pieza muy conocida por el público cubano, con canciones tarareadas por nuestros padres y abuelos durante años (Los Nardos, Las Viudas, El Pichi), por otro, el objetivo de todo el equipo de trabajo de hacer mucho con poco, o no, rectifiquemos: con apenas nada.

Para nadie es un secreto que hacer teatro en Cuba hoy es algo complejo por la falta de recursos que todos conocemos y si a esto le sumamos los condicionamientos de trabajar con una compañía de varias decenas de personas en una obra que clasifica dentro del género de la Revista Musical, donde los artistas deben cantar y actuar, pero donde también deben bailar y moverse dentro de una escenografía acorde a la historia, tenemos una tarea prácticamente imposible. Sin embargo, siempre he sido del criterio de que con voluntad y deseos de hacer no existen tareas imposibles (al menos en el ámbito escénico y teatral), así que nos embarcamos en la aventura de hacer un montaje de Las Leandras que fuera refrescante, ligero, agradable, que agradara al público, y sobre todo, que representara al Teatro Lírico Nacional de Cuba en escena durante las vacaciones de verano, haciéndolo visible y presente una vez más en el ámbito cultural cubano.

Las dificultades, como era de esperar, fueron muchas, pero debo decir que las satisfacciones fueron más numerosas aún.

Nos trazamos varias estrategias y líneas de trabajo para llevar adelante nuestra tarea.



Versionando el texto.



Primero nos enfocamos en hacer una versión del texto que respetara la música original, las canciones y la historia básica, pero que a la vez le diera una giro a la historia, trayéndola a la actualidad. A este respecto, el crítico Pedro de la Oz, en su comentario acerca del espectáculo publicado en el periódico Granma, dijo que nuestra versión estaba más cerca del Sainete que de la Revista, lo cual nos complace tremendamente, porque ese fue el objetivo desde el principio, y esto se hace evidente en la "cubanización" de los diálogos y las situaciones.

Incluir los personajes "guajiros" en la historia no fue gratuito, sino que partió de un referente específico: el teatro vernáculo cubano, donde el guajiro era, junto a la mulata, el negrito y el gallego, un personaje habitual. Otros recursos de estos géneros populares- el sainete, el bufo, la farsa, el vodevil- fueron también empleados en una obra que, a nuestro juicio, era absoluta y totalmente propicia para todos estos juegos y enredos, siendo una pieza irreverente, pícara y a veces hasta descarada en su ingenuidad simple y graciosa, en sus referentes sexuales que rozan lo vulgar sin nunca llegar a la grosería. No nos engañemos, eso es Las Leandras original: una obra ligera y menor, eminentemente popular, tremendamente simpática y llena de gracia. La "cubanización" no responde a un afán gratuito de modificar las cosas a nuestro antojo, sino a una razón muy simple: el tiempo.

En efecto, el texto (nótese que hablo de la palabra escrita, y no de la música) de la obra original es muy local, muy de su época, lleno de chistes y referentes que hoy carecen de sentido, que no han resistido el paso del tiempo. Ojo, esto no significa que a cualquier obra, por el solo hecho de que se haya escrito hace años, se le puedan hacer este tipo de cambios. Sería absurdo pensar en hacer cortes o cambios semejantes a una ópera, por ejemplo. Sin embargo, una revista es, esencialmente, una obra inmediata y cotidiana, que tiene como objetivo entretener mediante el manejo de referentes fácilmente reconocibles por el espectador. Claro que Las Leandras es especial, pues ha logrado mantenerse- gracias a su música especialmente- en el gusto del público a lo largo de los años. Con el texto no pasa lo mismo. No estamos en presencia de una obra dramática perfectamente bien hilvanada con una dramaturgia precisa.

Así, pues, consideramos que no solo era pertinente, sino también necesario, hacer una versión del texto como la que produjimos y llevamos a escena.

Dicho sea de pasa, esta fragilidad dramatúrgica es el gran problema de multitud de obras líricas de este corte. Solo tenemos que pensar en nuestras famosas zarzuelas (María la O, Amalia Batista, Cecilia Valdés, etc.), todas con libretos extraordinariamente débiles en lo que concierne a las estructuras dramáticas, plagados de elementos injustificados. Soy del criterio de que estas obras de nuestro repertorio nacional, si se van a poner en escena en la actualidad, tendrían que pasar por un proceso de reescritura de los libretos para llegar a honrar cabalmente la calidad de su música y su importantísimo espacio dentro de nuestra cultura.

Así, pues, la versión del texto de Las Leandras se hizo. Con respeto, es cierto, pero con todo el sabor del público cubano al que estaba destinado.



Acerca de la comedia y los géneros populares.



Quizás es necesario que hable en este momento acerca de un singular aspecto que siempre me ha motivado durante el tiempo que llevo trabajando en el teatro. Me refiero a la importancia que tienen para mí la comedia y los géneros populares.

Siendo un país que gusta tanto de la risa y los chistes, es curioso que en el teatro las propuestas cómicas y de corte popular sean tan escasas. Por supuesto, son muchas las causas que contribuyen a que esto sea hoy una triste realidad en el país que inspiró alguna vez a Jorge Mañach a escribir su famosa "Indagación sobre el choteo". Solo quería señalar que me parece negativa, excluyente y reductora la posición de muchos de nuestros críticos, estudiosos y teatristas (nótese que nunca es el pueblo quien tiene este tipo de actitudes) que relegan a un segundo plano los géneros cómicos y populares, considerándolos indignos de tener un espacio en nuestro panorama escénico. ¡En un país cuya raíz formadora teatral es eminentemente popular! Me encantaría saber qué opinaría Rine Leal, autor de esa maravillosa historia del Teatro Cubano "La Selva Oscura", de la forma en la que lo cómico y lo popular son hoy menospreciados o sencillamente ignorados en los medios masivos de comunicación de nuestro país, y- lo que es peor- en los teatros y lugares de representación. ¡Y si no, pregúntenselo a los actores del Centro Promotor del Humor! Pero claro, quizás todo esto no sea más que una percepción mía...

En todo caso, quería hacer notar que una obra como Las Leandras me parece tan importante y enriquecedora como una obra de Shakespeare.

Siempre que hablo de este tema recuerdo la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, donde toda la trama gira en torno a un desaparecido libro de Aristóteles dedicado, ¡qué curioso!, a la comedia. En la historia ideada por Eco muchos mueren tratando de encontrar ese libro donde se habla de la importancia de la risa y de lo cómico para el ser humano. En un momento determinado uno de los personajes dice:  “(…) la risa no debía de ser algo tan malo si podía convertirse en vehículo de la verdad.”

Pues bien, hicimos la versión del texto y tomamos como punta de lanza la comicidad de la obra, acercándola al sainete cubano, es cierto, pero también a la comedia de enredos, e incluso al musical americano, teniendo como objetivo el público.



Trabajando con la Compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba.



No pretendo ahora componer una elegía donde mencione a todos los que trabajaron con esfuerzo y dedicación en este montaje, aunque bien pudiera hacerlo, porque en efecto fueron muchos y mucho fue el trabajo; pero es importante que mencione algunos aspectos específicos sin los cuales esta versión de Las Leandras no hubiera tenido sentido.

Debo comenzar por los intérpretes que encarnaron los personajes.

No voy a mencionar nombres, porque no es ese el objetivo de estas consideraciones, pero en efecto el nivel de las actuaciones, desde mi posición de director artístico y profesor de actuación, pienso que fue elevadísimo. Todos los cantantes y actores fueron capaces de asumir personajes complejos, con una gran carga de textos, con caracterizaciones algunas bien extremas, y con exigencias físicas y vocales muy particulares, que en todos los casos fueron llevadas a buen término por la compañía en general.

Hay que destacar que la participación del coro fue impresionante, pues su evolución de los primeros a los últimos ensayos fue poco menos que colosal. Claro que esto se debe en gran medida a la presencia de la coreógrafa y profesora de danza, Maysabel Pintado, que lideró a las coristas con gracia e inteligencia. Quizás no era un coro típico de Revista, pero sí un perfecto coro de comedia. En todos los números- que fueron muchos y muy variados- lograron no solo cantar y bailar más o menos bien, sino sobre todo actuar, de manera excelente.

El resto de la compañía hizo un trabajo que hoy en día es difícil de encontrar en muchos lugares. Se creó un ambiente de camaradería y colaboración donde la buena energía era la actitud presente cada día de ensayo o de función. Desde el departamento de vestuario, hasta el de producción, desde los utileros hasta el genial Jefe de Escena, todos se sumaron a esa forma de hacer y de actuar, siempre colaborando y trabajando por un bien común: la obra.

Quiero mencionar específicamente la labor del Director General de la Compañía, que además fue el director musical de la obra, el maestro Eduardo Díaz. Su trabajo al frente del Teatro Lírico Nacional es una labor titánica, llena de obstáculos y complicaciones que él ha sabido llevar con entereza y serenidad, pero sobre todo con un elevado nivel artístico y profesional. No es necesario aclarar aquí que Eduardo es, además, mi amigo, y todo el que sabe un poquito de teatro conoce que el verdadero teatro se hace entre amigos, con personas que comparten intereses comunes.

La amistad entre las personas que hacen teatro es una de las alianzas más importantes dentro del mundo artístico, pues posibilita que proyectos como este que nos ocupa- Las Leandras- pasen de ser un sueño a una tangible realidad. La amistad entre los teatristas es, además de necesaria, productiva, pues obliga, mediante el contraste, los cuestionamientos y los debates entre los creadores, a elevar el grado de compromiso y calidad de las obras.

Pero la amistad no es quien guía estas líneas, sino los resultados palpables de las funciones realizadas en el mes de julio en el Teatro Nacional de Cuba.

La abrumadora respuesta del público, positiva en su casi totalidad, no fue opacada por los inconvenientes logísticos y organizativos que el propio Teatro Nacional aportó a nuestras funciones. Por el contrario, a pesar de las música de la discoteca que se filtraba todas y cada una de las funciones que hicimos, de las complejas y poco prácticas estructuras del Teatro Nacional que desembocaron en una última función que se hizo sin luces, a pesar de la falta de un presupuesto y materiales para construir una escenografía adecuada, a pesar, en fin, de los pesares, el público disfrutó de la obra, se rió, tarareó las archiconocidas canciones y llenó casi todos los días prácticamente la totalidad de la platea de la inmensa sala Covarrubias del Teatro Nacional.


Para mí es evidente que el saldo es positivo, sobre todo porque puso a la compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba sobre el tapete, con una obra capaz de atraer al público en todas las funciones que se dieron y con la que se demostraron varias cosas importantes.

A saber: 

- Que el TLNC es una compañía de cantantes que son capaces no solo de cantar bien, sino también de hacer, como el nombre del grupo lo indica, teatro, realizando un trabajo de interpretación comprometido y de altos niveles de excelencia.

- Que el TLNC es capaz de llenar, si se lo propone, grandes escenarios, si se trazan estrategias promocionales como la que se elaboró para esta obra.

- Que el TLNC puede hacer, además de ópera, operetas y zarzuelas, obras musicales más ligeras y cómicas que atraigan público y mantengan viva la llama del género lírico en nuestro país.

- Que el TLNC cuenta con una nómina de cantantes, intérpretes y actores de altísima calidad, capaces de enfrentar montajes complejos, con ingenio, disciplina y entrega.

- Que el TLNC está en un momento importante de su existencia, en el que es capaz de afrontar nuevos retos artísticos con un equipo de trabajo que puede lidiar con las dificultades de la escasez de recursos y generar proyectos interesantes.

  

Solo me queda expresar mi deseo de poder repetir la experiencia y poder seguir trabajando, siempre que sea posible, con esta compañía, en proyectos de todo tipo, que abarquen diversos géneros y estilos.



Eduardo Eimil







 









  






1 comentario:

  1. HA sido todo un placer leer este artículo de Eduardo Eimil y sobre todo, saber acerca de los logros del Teatro Lírico Nacional de Cuba, una institución que por muchos años ha reunido el talento y la profesionalidad de tantos maestros de la escena, no solo músicos, sino también los que de otro modo son tan importantes en la presentación de una obra de esta envergadura, y que a veces no vemos porque están detrás de telón haciendo posible toda esta magia.
    Es una gran alegría saber que el TLNC está sufriendo cambios, que más que todo están siendo positivos para su desarrollo y modernización, y que está una vez más jugando un papel dentro de nuestra comunidad y la propagación del arte cubano dentro del pueblo. Sabemos todos los obstáculos que hay que evadir para representar una obra tan compleja como lo es una Revista Musical, pero obras como estas demuestran que existe la capacidad suficiente para crecerse ante las adversidades y lograr hacer arte ante todo, arte de calidad, con autenticidad, cubanía y frescura.
    Una felicitación especial para el Maestro Eduardo Díaz por su estelar dirección no solo musical, sino también de la institución. Personalmente he seguido la carrera de este joven talento paso por paso, y me atrevería a decir que es una de las personas más determinadas a hacer buen arte que he conocido. Profesionalismo, entrega incondicional, dedicación y una ética laboral impecable son suficientes cualidades para lograr alcanzar altas metas, y decididamente, considero a Eduardo Díaz capaz de llevar a nuestro TLNC hasta los más alto de la cima, donde un día estuvo. Creo que ya todos estamos apreciando los resultados de su esfuerzo y su trabajo.
    Para concluir, me place mucho saber de la renovación de nuestro TLNC, y de sus aires frescos de vanguardia. Por muchos años estuvimos necesitando un impulso como este para nuestro arte lírico, y sinceramente espero que continúe escalando la cima del éxito. Felicidades a todo los que hoy tienen que ver en ello!

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