realizado con el Teatro Lírico
Nacional de Cuba en julio de 2013
Por Eduardo Eimil
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el montaje de Las Leandras,
realizado por mí con la Compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba, ha sido
una de las obras más gratificantes en las que he trabajado desde que me gradué
de Dirección Teatral en el Instituto Superior de Arte, en el año 2000.
La complejidad del Género Lírico, su belleza, majestuosidad y grandeza
siempre me han fascinado, así que poder trabajar con esta compañía en una obra
como Las Leandras fue todo un privilegio. Y un reto, por supuesto, ya que la
puesta en escena entrañaba varios desafíos.
Por una parte se trataba de hacer una versión de una pieza muy conocida por
el público cubano, con canciones tarareadas por nuestros padres y abuelos
durante años (Los Nardos, Las Viudas, El Pichi), por otro, el objetivo de todo
el equipo de trabajo de hacer mucho con poco, o no, rectifiquemos: con apenas nada.
Para nadie es un secreto que hacer teatro en Cuba hoy es algo complejo por
la falta de recursos que todos conocemos y si a esto le sumamos los
condicionamientos de trabajar con una compañía de varias decenas de personas en
una obra que clasifica dentro del género de la Revista Musical, donde los
artistas deben cantar y actuar, pero donde también deben bailar y moverse
dentro de una escenografía acorde a la historia, tenemos una tarea
prácticamente imposible. Sin embargo, siempre he sido del criterio de que con
voluntad y deseos de hacer no existen tareas imposibles (al menos en el ámbito
escénico y teatral), así que nos embarcamos en la aventura de hacer un montaje
de Las Leandras que fuera refrescante, ligero, agradable, que agradara al
público, y sobre todo, que representara al Teatro Lírico Nacional de Cuba en
escena durante las vacaciones de verano, haciéndolo visible y presente una vez
más en el ámbito cultural cubano.
Las dificultades, como era de esperar, fueron muchas, pero debo decir que
las satisfacciones fueron más numerosas aún.
Nos trazamos varias estrategias y líneas de trabajo para llevar adelante
nuestra tarea.
Versionando el texto.
Primero nos enfocamos en hacer una versión del texto que respetara la
música original, las canciones y la historia básica, pero que a la vez le diera
una giro a la historia, trayéndola a la actualidad. A este respecto, el crítico
Pedro de la Oz, en su comentario acerca del espectáculo publicado en el
periódico Granma, dijo que nuestra versión estaba más cerca del Sainete que de
la Revista, lo cual nos complace tremendamente, porque ese fue el objetivo
desde el principio, y esto se hace evidente en la "cubanización" de
los diálogos y las situaciones.
Incluir los personajes "guajiros" en la historia no fue gratuito,
sino que partió de un referente específico: el teatro vernáculo cubano, donde
el guajiro era, junto a la mulata, el negrito y el gallego, un personaje
habitual. Otros recursos de estos géneros populares- el sainete, el bufo, la
farsa, el vodevil- fueron también empleados en una obra que, a nuestro juicio,
era absoluta y totalmente propicia para todos estos juegos y enredos, siendo
una pieza irreverente, pícara y a veces hasta descarada en su ingenuidad simple
y graciosa, en sus referentes sexuales que rozan lo vulgar sin nunca llegar a
la grosería. No nos engañemos, eso es Las Leandras original: una obra ligera y
menor, eminentemente popular, tremendamente simpática y llena de gracia. La
"cubanización" no responde a un afán gratuito de modificar las cosas
a nuestro antojo, sino a una razón muy simple: el tiempo.
En efecto, el texto (nótese que hablo de la palabra escrita, y no de la
música) de la obra original es muy local, muy de su época, lleno de chistes y
referentes que hoy carecen de sentido, que no han resistido el paso del tiempo.
Ojo, esto no significa que a cualquier obra, por el solo hecho de que se haya
escrito hace años, se le puedan hacer este tipo de cambios. Sería absurdo
pensar en hacer cortes o cambios semejantes a una ópera, por ejemplo. Sin
embargo, una revista es, esencialmente, una obra inmediata y cotidiana, que
tiene como objetivo entretener mediante el manejo de referentes fácilmente
reconocibles por el espectador. Claro que Las Leandras es especial, pues ha
logrado mantenerse- gracias a su música especialmente- en el gusto del público
a lo largo de los años. Con el texto no pasa lo mismo. No estamos en presencia
de una obra dramática perfectamente bien hilvanada con una dramaturgia precisa.
Así, pues, consideramos que no solo era pertinente, sino también necesario,
hacer una versión del texto como la que produjimos y llevamos a escena.
Dicho sea de pasa, esta fragilidad dramatúrgica es el gran problema de
multitud de obras líricas de este corte. Solo tenemos que pensar en nuestras
famosas zarzuelas (María la O, Amalia Batista, Cecilia Valdés, etc.), todas con
libretos extraordinariamente débiles en lo que concierne a las estructuras
dramáticas, plagados de elementos injustificados. Soy del criterio de que estas
obras de nuestro repertorio nacional, si se van a poner en escena en la
actualidad, tendrían que pasar por un proceso de reescritura de los libretos
para llegar a honrar cabalmente la calidad de su música y su importantísimo
espacio dentro de nuestra cultura.
Así, pues, la versión del texto de Las Leandras se hizo. Con respeto, es
cierto, pero con todo el sabor del público cubano al que estaba destinado.
Acerca de la comedia y los
géneros populares.
Quizás es necesario que hable en este momento acerca de un singular aspecto
que siempre me ha motivado durante el tiempo que llevo trabajando en el teatro.
Me refiero a la importancia que tienen para mí la comedia y los géneros
populares.
Siendo un país que gusta tanto de la risa y los chistes, es curioso que en
el teatro las propuestas cómicas y de corte popular sean tan escasas. Por
supuesto, son muchas las causas que contribuyen a que esto sea hoy una triste
realidad en el país que inspiró alguna vez a Jorge Mañach a escribir su famosa
"Indagación sobre el choteo". Solo quería señalar que me parece
negativa, excluyente y reductora la posición de muchos de nuestros críticos,
estudiosos y teatristas (nótese que nunca es el pueblo quien tiene este tipo de
actitudes) que relegan a un segundo plano los géneros cómicos y populares, considerándolos
indignos de tener un espacio en nuestro panorama escénico. ¡En un país cuya
raíz formadora teatral es eminentemente popular! Me encantaría saber qué
opinaría Rine Leal, autor de esa maravillosa historia del Teatro Cubano
"La Selva Oscura", de la forma en la que lo cómico y lo popular son
hoy menospreciados o sencillamente ignorados en los medios masivos de
comunicación de nuestro país, y- lo que es peor- en los teatros y lugares de
representación. ¡Y si no, pregúntenselo a los actores del Centro Promotor del
Humor! Pero claro, quizás todo esto no sea más que una percepción mía...
En todo caso, quería hacer notar que una obra como Las Leandras me parece
tan importante y enriquecedora como una obra de Shakespeare.
Siempre que hablo de este tema recuerdo la novela El nombre de la rosa, de
Umberto Eco, donde toda la trama gira en torno a un desaparecido libro de
Aristóteles dedicado, ¡qué curioso!, a la comedia. En la historia ideada por
Eco muchos mueren tratando de encontrar ese libro donde se habla de la
importancia de la risa y de lo cómico para el ser humano. En un momento
determinado uno de los personajes dice: “(…) la risa no debía de ser algo tan malo si podía
convertirse en vehículo de la verdad.”
Pues bien, hicimos la versión del texto y tomamos
como punta de lanza la comicidad de la obra, acercándola al sainete cubano, es
cierto, pero también a la comedia de enredos, e incluso al musical americano,
teniendo como objetivo el público.
Trabajando con
la Compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba.
No pretendo ahora componer una elegía donde mencione
a todos los que trabajaron con esfuerzo y dedicación en este montaje, aunque
bien pudiera hacerlo, porque en efecto fueron muchos y mucho fue el trabajo;
pero es importante que mencione algunos aspectos específicos sin los cuales
esta versión de Las Leandras no hubiera tenido sentido.
Debo comenzar por los intérpretes que encarnaron los
personajes.
No voy a mencionar nombres, porque no es ese el
objetivo de estas consideraciones, pero en efecto el nivel de las actuaciones,
desde mi posición de director artístico y profesor de actuación, pienso que fue
elevadísimo. Todos los cantantes y actores fueron capaces de asumir personajes
complejos, con una gran carga de textos, con caracterizaciones algunas bien
extremas, y con exigencias físicas y vocales muy particulares, que en todos los
casos fueron llevadas a buen término por la compañía en general.
Hay que destacar que la participación del coro fue
impresionante, pues su evolución de los primeros a los últimos ensayos fue poco
menos que colosal. Claro que esto se debe en gran medida a la presencia de la
coreógrafa y profesora de danza, Maysabel Pintado, que lideró a las coristas
con gracia e inteligencia. Quizás no era un coro típico de Revista, pero sí un perfecto
coro de comedia. En todos los números- que fueron muchos y muy variados-
lograron no solo cantar y bailar más o menos bien, sino sobre todo actuar, de
manera excelente.
El resto de la compañía hizo un trabajo que hoy en
día es difícil de encontrar en muchos lugares. Se creó un ambiente de
camaradería y colaboración donde la buena energía era la actitud presente cada
día de ensayo o de función. Desde el departamento de vestuario, hasta el de
producción, desde los utileros hasta el genial Jefe de Escena, todos se sumaron
a esa forma de hacer y de actuar, siempre colaborando y trabajando por un bien
común: la obra.
Quiero mencionar específicamente la labor del
Director General de la Compañía, que además fue el director musical de la obra,
el maestro Eduardo Díaz. Su trabajo al frente del Teatro Lírico Nacional es una
labor titánica, llena de obstáculos y complicaciones que él ha sabido llevar
con entereza y serenidad, pero sobre todo con un elevado nivel artístico y
profesional. No es necesario aclarar aquí que Eduardo es, además, mi amigo, y
todo el que sabe un poquito de teatro conoce que el verdadero teatro se hace
entre amigos, con personas que comparten intereses comunes.
La amistad entre las personas que hacen teatro es
una de las alianzas más importantes dentro del mundo artístico, pues posibilita
que proyectos como este que nos ocupa- Las Leandras- pasen de ser un sueño a
una tangible realidad. La amistad entre los teatristas es, además de necesaria,
productiva, pues obliga, mediante el contraste, los cuestionamientos y los
debates entre los creadores, a elevar el grado de compromiso y calidad de las
obras.
Pero la amistad no es quien guía estas líneas, sino
los resultados palpables de las funciones realizadas en el mes de julio en el
Teatro Nacional de Cuba.
La abrumadora respuesta del público, positiva en su
casi totalidad, no fue opacada por los inconvenientes logísticos y
organizativos que el propio Teatro Nacional aportó a nuestras funciones. Por el
contrario, a pesar de las música de la discoteca que se filtraba todas y cada
una de las funciones que hicimos, de las complejas y poco prácticas estructuras
del Teatro Nacional que desembocaron en una última función que se hizo sin
luces, a pesar de la falta de un presupuesto y materiales para construir una
escenografía adecuada, a pesar, en fin, de los pesares, el público disfrutó de
la obra, se rió, tarareó las archiconocidas canciones y llenó casi todos los
días prácticamente la totalidad de la platea de la inmensa sala Covarrubias del
Teatro Nacional.
Para mí es evidente que el saldo es positivo, sobre
todo porque puso a la compañía del Teatro Lírico Nacional de Cuba sobre el
tapete, con una obra capaz de atraer al público en todas las funciones que se
dieron y con la que se demostraron varias cosas importantes.
A saber:
- Que el TLNC es una compañía de cantantes que son
capaces no solo de cantar bien, sino también de hacer, como el nombre del grupo
lo indica, teatro, realizando un trabajo de interpretación comprometido y de
altos niveles de excelencia.
- Que el TLNC es capaz de llenar, si se lo propone,
grandes escenarios, si se trazan estrategias promocionales como la que se
elaboró para esta obra.
- Que el TLNC puede hacer, además de ópera, operetas
y zarzuelas, obras musicales más ligeras y cómicas que atraigan público y
mantengan viva la llama del género lírico en nuestro país.
- Que el TLNC cuenta con una nómina de cantantes,
intérpretes y actores de altísima calidad, capaces de enfrentar montajes
complejos, con ingenio, disciplina y entrega.
- Que el TLNC está en un momento importante de su
existencia, en el que es capaz de afrontar nuevos retos artísticos con un
equipo de trabajo que puede lidiar con las dificultades de la escasez de
recursos y generar proyectos interesantes.
Solo me queda expresar mi deseo de poder repetir la
experiencia y poder seguir trabajando, siempre que sea posible, con esta
compañía, en proyectos de todo tipo, que abarquen diversos géneros y estilos.
Eduardo Eimil

HA sido todo un placer leer este artículo de Eduardo Eimil y sobre todo, saber acerca de los logros del Teatro Lírico Nacional de Cuba, una institución que por muchos años ha reunido el talento y la profesionalidad de tantos maestros de la escena, no solo músicos, sino también los que de otro modo son tan importantes en la presentación de una obra de esta envergadura, y que a veces no vemos porque están detrás de telón haciendo posible toda esta magia.
ResponderEliminarEs una gran alegría saber que el TLNC está sufriendo cambios, que más que todo están siendo positivos para su desarrollo y modernización, y que está una vez más jugando un papel dentro de nuestra comunidad y la propagación del arte cubano dentro del pueblo. Sabemos todos los obstáculos que hay que evadir para representar una obra tan compleja como lo es una Revista Musical, pero obras como estas demuestran que existe la capacidad suficiente para crecerse ante las adversidades y lograr hacer arte ante todo, arte de calidad, con autenticidad, cubanía y frescura.
Una felicitación especial para el Maestro Eduardo Díaz por su estelar dirección no solo musical, sino también de la institución. Personalmente he seguido la carrera de este joven talento paso por paso, y me atrevería a decir que es una de las personas más determinadas a hacer buen arte que he conocido. Profesionalismo, entrega incondicional, dedicación y una ética laboral impecable son suficientes cualidades para lograr alcanzar altas metas, y decididamente, considero a Eduardo Díaz capaz de llevar a nuestro TLNC hasta los más alto de la cima, donde un día estuvo. Creo que ya todos estamos apreciando los resultados de su esfuerzo y su trabajo.
Para concluir, me place mucho saber de la renovación de nuestro TLNC, y de sus aires frescos de vanguardia. Por muchos años estuvimos necesitando un impulso como este para nuestro arte lírico, y sinceramente espero que continúe escalando la cima del éxito. Felicidades a todo los que hoy tienen que ver en ello!